Por Barrodar, cancionero de Latinoamérica, interpretación de la composicón de los brasileños Renato Teixeira y Almir Sater.
terça-feira, 22 de maio de 2018
domingo, 20 de maio de 2018
El lugar de todas las cosas en tiempos de soledad: permanencia indeterminada
Por Fernando
Araújo Vélez
La
primera vez que Gabriel García Márquez vio la palabra Macondo, fue en la puerta
de entrada de una finca de la zona bananera que se llamaba así, mientras
viajaba en el tren que llegaba y salía de Aracataca. Hoy, más que nombre, es
adjetivo.
Y con el paso de los
años, lo que terminó quedando de todo aquello que una vez se llamó Aracataca,
fue todo eso que plasmó en páginas y páginas Gabriel García Márquez. Aracataca
fue Macondo, y Macondo fue Colombia, y el Caribe, y algo del resto de América
Latina. Macondo fue pueblo, calles de polvo, niños barrigones y desnudos,
diluvios, peste, fiebres de insomnio, delirio de prosperidad. “Macondo naufragaba
en una prosperidad de milagro (…). De la antigua aldea de José Arcadio Buendía
sólo quedaban entonces los almendros polvorientos, destinados a resistir a las
circunstancias más arduas, y el río de aguas diáfanas cuyas piedras
prehistóricas fueron pulverizadas por las enloquecidas almádenas de José
Arcadio Segundo, cuando se empeñó en despejar el cauce para establecer un
servicio de navegación”.
Macondo fue el lugar
de lo imposible, el lugar de todas las cosas, de los santos y los demonios, de
la condena y la resurrección, del amor y el desamor, de la espera, de la
locura, y de ser lugar pasó a ser adjetivo, saltándose de un solo brinco la
opción de ser gentilicio. Y fue adjetivo sin calificativos, un poco como su
creador. Se decía, se dijo y se dirá macondiano, y esa sola palabra entrañará
magia, fulgor, luz, sombra, o en últimas, lo imposible: “Melquíades terminó de
plasmar en sus placas todo lo que era plasmable en Macondo, y abandonó el
laboratorio de daguerrotipia a los delirios de José Arcadio Buendía, quien
había resuelto utilizarlo para obtener la prueba científica de la existencia de
Dios”. Macondianos fueron los hombres y sus delirios. Macondianos fueron la
lluvia sin fin y el sol opaco. Macondiano fue dios.
Y macondianos fueron
los García Márquez, todos, y el amor, por ejemplo, porque en los calurosos
tiempos guajiros, aun antes de que surgiera Macondo, cuando los padres de
Gabriel José de la Concordia se enamoraron, el amor era locura, delirio,
fantasía, frenesí. Eran amores macondianos, amores atrevidos, como el de su
padre, don Gabriel Eligio García Martínez, quien buscó como pudo a su amada,
más allá de las oposiciones de los padres de su novia, sobre todas las cosas,
entre los papeles hechos basura de los telegrafistas de los pueblos. Se hizo amigo
de ellos, él que también era telegrafista, y los invitó a tomar, los regó de
obsequios, sólo para que le dieran una pista, y día de por medio reunía sus
monedas para enviarle un poema, el mismo poema siempre a su amada. “Aunque de
mí te alejes, nunca podré olvidarte, aunque de mí te alejes, nunca veré tu
faz…”.
El día de la boda, 11
de junio de 1926, Luisa Santiaga Márquez se quedó dormida. Luego murmurarían
que su padre, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, había instruido a su esposa,
Tranquilina Iguarán Cotes, para que le mezclara unas pastillitas en el agua.
Don Gabriel Eligio la aguardó una y dos horas y algo más, con su vestido de
paño negro y su camisa de frac, apostado a las puertas de la Catedral de Santa
Marta, imaginando los pasos de su novia sobre la infinita alfombra roja que
llegaba a la calle. No tenía sentido irse. El orgullo lo mataba, y del orgullo
pasaba a la furia, y de allí a la impotencia. ¿Qué más podría hacer? ¿Ir por
ella? ¿Largarse? En el fondo, les confesaría a sus hijos alguna vez, sólo tenía
dos obsesiones, y pasaba de la una a la otra indistintamente: besar a Luisa
Santiaga, o irse hasta Riohacha y agarrarse a trompadas con el coronel Márquez.
De repente, sin
embargo, surgió su amada. Al día siguiente, o a los dos, quedó embarazada. Ya
vivía en Aracataca con su marido, rodeada por tres indios, regalo del coronel,
que la habían acompañado desde siempre. Creía en Dios, pero también en las
supersticiones y los designios de las pequeñas cosas. Si le picaba la mano era
porque le llegaría dinero, y si entraba en su habitación un cucarrón, con sólo
verlo ella sabía de dónde provenía. A los nueve meses nació Gabriel José. “Yo
deseaba con toda mi razón que él fuera abogado, pero a él, mire usté, no le
interesaron las leyes”, comentó ella como por pasar, sentada en una mecedora de
su casa de Manga, en Cartagena, algunos meses antes de morir. “De todas, todas
formas, lo intentó, hay que admitirlo”, añadió después.
García Márquez fue
Macondo y viceversa. Y fue macondiano, dentro de un universo mágico e infinito
de cuyas miserias y proezas han surgido y siguen surgiendo quienes cuestionan
su existencia, porque fue macondiano que en algunos colegios prohibieran su obra
por “vulgar”, y fue macondiano que aquellos que lo rechazaban y se burlaban de
él, luego del Nobel se ufanaran de conocerlo. Fue macondiano que se tuviera que
ir del país por diversas amenazas, y que luego lo acusaran de haber abandonado
el país. Fue macondiano que, pasados los años, algunos escritores quisieran
desligarse de su influencia con un insultante McOndo, cual fórmula comercial, y
que otros lo negaran, y fue macondiano que alguno más pretendiera caer en la
muy humana tentación de las comparaciones, como si la literatura fuera un
asunto de récords, y como si Macondo fuera la bolsa de valores de Wall Street.
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Disponible en: https://www.elespectador.com/noticias/cultura/macondo-el-lugar-de-todas-cosas-articulo-556347
sexta-feira, 18 de maio de 2018
quarta-feira, 16 de maio de 2018
segunda-feira, 14 de maio de 2018
Alucinaciones y delirios
Facundo Manes
(Neurocientífico)
Son las
características principales de la psicosis, trastorno definido como una
experiencia de pérdida de contacto con la realidad. Factores genéticos y
ambientales hacen que algunas personas sean más vulnerables que otras a este
tipo de síntomas.
El
mundo en el que nos desenvolvemos es complejo, está lleno de incertidumbres y
ambigüedades. Para darle sentido, nuestro cerebro ha evolucionado para
encontrar patrones que le permitan construir un modelo interno de ese mundo. En
este contexto, nuestra percepción no es sino un proceso activo de inferencia e
imaginación. Por lo tanto, nunca es un fiel registro del entorno, sino que se
parece más a un ejercicio de adivinación. “Psicosis” es un término amplio, que
se define como una experiencia de pérdida de contacto con “la realidad”, cuyas
características principales son las alucinaciones y los delirios. De esta
manera se ha leído la experiencia que sufre William Wilson, el personaje de uno
de los cuentos más célebres de Edgar Allan Poe.
Las alucinaciones son experiencias sensoriales que
ocurren en ausencia de un estímulo real. Las personas con psicosis pueden ver,
escuchar, tocar, oler o sentir cosas que no son perceptibles para los demás. La
mayoría de las veces estas alucinaciones son amenazantes como, por ejemplo,
escuchar voces que insultan u ordenan una autoagresión. Por su parte, los
delirios son creencias falsas e irracionales que se sostienen con firmeza a
pesar de que haya evidencia que los contradiga, como, por ejemplo, sentir que
se es perseguido o que se envían mensajes secretos a través de los medios, o
pensar que se tiene un poder especial o creer que se tiene una enfermedad
terminal a pesar de estar sano. Las alucinaciones y los delirios aparecen como
reales para la persona que los experimenta y muchas veces causan gran malestar
dado su contenido atemorizante. William Wilson, por caso, está convencido de
que un ser idéntico a él lo acecha. Todo el cuento es el relato de la
exasperación que padece, de las conjeturas que saca y de su última
determinación. Otros síntomas de la psicosis incluyen conductas extrañas o
extravagantes, pensamientos y lenguaje desorganizados o incoherentes, frecuentemente acompañados de retraimiento
social, cambios en el sueño, en el apetito y en el estado de ánimo.
Si bien los síntomas psicóticos suelen asociarse con
la esquizofrenia, también son frecuentes en el trastorno bipolar, la depresión
grave y algunos desórdenes de la personalidad, y pueden ocurrir en la
enfermedad de Parkinson, en la enfermedad de Huntington, en algunos tipos de
demencia, epilepsia y lesiones cerebrales. La falta de sueño, el aislamiento,
cambios hormonales en el posparto y el estrés excesivo pueden dar lugar a
experiencias psicóticas temporarias. No se puede predecir con certeza quién
desarrollará síntomas psicóticos. Sabemos que es necesaria la interacción entre
factores genéticos y ambientales, que hace que algunas personas sean más
vulnerables. Hay quienes tienen mayor predisposición genética a desarrollar
psicosis, por lo que son más susceptibles de presentar síntomas ante un bajo
nivel de estrés. Otras necesitarían un grado de estrés mucho mayor. Sus
manifestaciones pueden aparecer en distintos grados. Esto también permite
investigar factores de riesgo y factores protectores que explicarían por qué
algunas personas enferman y otras no.
En nuestra vida nos formamos un esquema del mundo que
coincide en mayor o menor medida con el de los demás. Quizá en la psicosis se
construye un modelo que no es compartido por otras personas, una realidad
diferente, que da lugar a una experiencia solitaria que causa sufrimiento.
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Disponible en: https://facundomanes.com/2017/05/05/alucinaciones-y-delirios/#more-14533.
quarta-feira, 9 de maio de 2018
Hombres que son como lugares mal situados
Por Francisco Javier Irazoki
La poesía portuguesa aportó obras de
indiscutible calidad en el siglo XX. Las
firmaron diversos autores clásicos. También destacaron dos poetas de vida
breve: el suicida Mário de Sá-Carneiro y Daniel Faria (Baltar, 1971 - Roriz,
1999). Faria, novicio en el monasterio benedictino
de Singeverga, falleció en un accidente doméstico. Había publicado cinco libros. Sobresalen dos con título
largo: Explicación de los árboles y de
otros animales y Hombres que son como lugares
mal situados. La edición póstuma de su poesía completa incluye tres obras
primerizas y Los líquidos, su último
conjunto de versos.
En la única entrevista que de él se conserva,
Daniel Faria declaró que compuso Hombres que son como lugares
mal situados en una especie de trance. Al parecer, se limitó a “un
ejercicio de obediencia”. Comprendemos que el poeta se identificase con San
Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila. La obra se inicia con un propósito
claro: “Examinemos a un hombre en el suelo”. El escritor observa cómo agarramos
una piedra, cómo emitimos el grito, nuestra semejanza con un meteoro caído. A pesar de su juventud, logra el tono meditativo. A menudo lo
combina con metáforas poderosas. Describe con palabras serenas cualquier movimiento humano.
Retrata a personas sin brújula que esperan en sus balcones orientados hacia la
vejez. Se fija en seres que viven con sus manos puestas en unos barrotes o con
la cabeza reclinada en unos hierros. Para definirlos, piensa en refugios de
contrabandistas. Nos advierte: “No los toquemos sino con los materiales
secretos/del amor”. En algunas páginas se percibe una leve influencia de
Herberto Helder.
En el apartado “Para encontrar el golpe en el
sueño” hallamos la comunicación con una mujer rodeada de peces o sentada entre
pájaros. En la sección “Si vas por el centro de ti mismo”, Faria se expresa de
manera concisa. Escoge personajes que deambulan en desiertos
bíblicos. Una Sara
envejecida que deshace los bajos de sus vestidos, su esclava, un arquero, el
niño que duerme cerca de un arbusto. Lot y Abrahán dialogan. Pone voz a la mujer
adúltera y al hijo pródigo. Se evocan los ríos de Babilonia, la ciudad de Sarepta, el
príncipe Jonatán y el profeta Ezequiel. Los elementos del poema son el pozo, la
vid, el velo, la reja del arado, el haz de leña, las casas destruidas.
La sección “Una especie de ángel herido en la
raíz” reúne varias reflexiones sobre la palabra. Daniel Faria muestra las
claves de su escritura e intuimos sus búsquedas complejas. Nos dice que se
adentra lentamente en el ritmo de un salmo, o que lucha mientras el poema
retrocede y se esconde en un caparazón. ¿Qué significa la palabra para el autor?
“Ella es un candil sobre mi mesa”, explica. En el apartado “Para el instrumento difícil del
silencio” transmite un peculiar misticismo contra la “suma de ruinas”. Los
vocablos elegidos son fulgor, balanza, soplo, corteza, hendidura, vaso,
relente. El volumen se cierra con un autorretrato en prosa, un discurso que
Faria leyó pocos meses antes de su muerte.
La penúltima frase resulta premonitoria: “El
retrato del artista - el mío - en el presente es un rostro alejándose”. Por la
similitud del caso, el lector en español no puede evitar el recuerdo de los
últimos versos escritos por Félix
Francisco Casanova.
Editado en versión bilingüe, con cubierta de
tapa dura e ilustraciones de Christian Hugo Martín, Hombres que son como lugares mal situados ha sido traducido de forma encomiable por el poeta Luis María Marina. El libro crea una
expectativa. Al terminar de leerlo, sentimos el deseo de conocer todos los
textos redactados por Daniel Faria. Su poesía reunida, publicada en Portugal en
2003, merece sin duda una edición en lengua española.
Hombres que trabajan
bajo la lámpara
De la muerte
Que excavan en esa luz para ver quién ilumina
La fuente de sus días
Hombres muy doblados por el pensamiento
Que vienen despacio como quien corre
Las persianas
Para ver en lo oscuro el primer manantial
Hombres que excavan día tras día el pensamiento
Que trabajan a la sombra de la copa cerebral
Que podan la piedra de la locura cuando aplastan las pupilas
Hombres todo blancos que abren la cabeza
En busca de esa piedra definida
Hombres de cabeza abierta expuesta al pensamiento
Libre. Que vienen despacio a abrir
Un lugar donde amanezca.
Hombres que se sientan para ver una mañana
Que excavan un
Homenaje a Daniel Faria
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Fuente: El Cultural - http://www.elcultural.com.
segunda-feira, 7 de maio de 2018
Secretos temporales, manifestaciones invisibles y el enigma del rayo verde

¿Habéis observado el sol cuando se
pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna ¿Lo habéis seguido hasta que
la parte superior del disco desaparece rozando la línea del horizonte? Es muy
posible. Pero, ¿os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso
instante en que el astro radiante lanza su último rayo (…)? No será, como
podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino
que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que
ningún pintor puede obtener en su paleta. (…) Si existe el verde en el Paraíso,
no puede ser más que este verde, que es sin duda, el verdadero verde de la
Esperanza. (Julio Verne)
Por Carlos Rebato
Para algunos, el misterioso rayo o flash verde que se produce no es más que un mito pseudocientífico,
otros se enorgullecen de haberlo visto y otros lo atribuyen a obras de fantasía
como Piratas del Caribe. La cuestión es que es real y esta foto [arriba, imagem de la NASA] , tomada en las
Islas Canarias, recoge el preciso ese instante mientras se pone el Sol.
La realidad es que es un fenómeno atmosférico particularmente conocido y estudiado que se produce no
sólo en los atardeceres (es más común, eso sí), sino también en los amaneceres.
Se produce, en general, cuando podemos ver el astro saliendo u ocultándose sin
ningún tipo de obstáculo en el horizonte, como en el Mar, o en este caso, una
isla. En El Rayo Verde, escrito por Julio Verne en 1882, él es descrito como un verde misterioso que atrae sentido, sentimiento e introspección sobre el porvenir
..un verde que ningún
artista podría jamás obtener en su paleta, un verde del cual ni los variados
tintes de la vegetación ni los tonos del más limpio mar podrían nunca producir
un igual! Si hay un verde en el Paraíso, no puede ser salvo de este tono, que
muy seguramente es el verdadero verde de la Esperanza!

Como suele ocurrir, la ficción se apoya en un fenómeno
real. Ocurre por la refracción de la luz al atravesar la atmósfera.
Esta se mueve más lentamente cuanto
más denso es el medio. Esa particularidad, en los aires que componen nuestra
atmósfera, ocurre en las capas inferiores, más densas que las superiores.
Cuando los rayos del Sol, a punto de ocultarse, no tienen más remedio que
seguir la trayectoria a través de esas capas, se curvan ligeramente, siguiendo
a la vez la curvatura del propio planeta.
Es en esa dispersión de colores
donde la luz de alta frecuencia (verde, azul) se aparece como visible mientras
la roja se oculta. El Sol no “cambia de color”, únicamente es un efecto óptico.
La mayoría de las veces se produce el espejismo típico que podemos apreciar en
un día caluroso en cualquier carretera y el resplandor verde se ve algo más
borroso.
El efecto completo no dura más que 1
o 2 segundos, con suerte, y puede apreciarse desde cualquier altitud, no sólo a
nivel del mar. ¿Siempre es verde? No siempre; como dijimos, la luz de alta
frecuencia abarca también el azul, y en rarísimas ocasiones también puede
apreciarse, como en esta fotografía [abajo] tomada en 2001, curiosamente en el mismo sitio
que la primera imagen, el Roque de los Muchachos de las Islas Canarias.
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Disponible en: https://es.gizmodo.com/que-produce-el-misterioso-rayo-verde-que-se-produce-al-1709263629
sábado, 5 de maio de 2018
Camino a La Paz
Por Juan Pablo Cinelli
Si algo puede decirse de Camino a La Paz, ópera prima de Francisco Varone, es que se trata
de una de esas películas de las que es casi imposible no disfrutar. Y no porque
se trate de una obra perfecta sino porque, a pesar de las impugnaciones que se
le puedan realizar, algo en ella consigue ser transmitido con una potencia tal
que no hay nada que se interponga entre la película y el público mientras dura
la proyección. Cualquier objeción o duda que aparezca recién lo hará más tarde,
un rato después de los títulos finales y como parte de las réplicas de ese
modesto terremoto interior que sólo producen algunas películas. Buena parte del
mérito proviene de la habilidad de su director –también autor del guión– para
hacer que el relato fluya; para que sus protagonistas no sólo resulten
entidades construidas con precisión sino que además transmitan con solidez su carácter
esencialmente humano y, sobre todo, para que el asunto completo resulte una
experiencia sensible de amplio espectro que puede ser prescripta a casi
cualquier tipo de espectador. Logros para nada menores en un director
debutante.
No deja de ser cierto que Camino a La Paz parece estar
todo el tiempo subrayando el hecho de que se trata de una “película con
mensaje”, como si se temiera que alguien se pudiera distraer y perderse aquello
que se deseó expresar. Sin embargo, también lo es que lo más intenso de la
película no se encuentra en la moraleja superficial. Por el contrario, el gran
éxito de Varone son sus dos personajes centrales, que no sólo son notables como
sujetos autónomos sino por la poderosa reacción química que desencadena su
encuentro. Ahí está Sebastián, un joven ya no tan joven, desocupado y que acaba
de mudarse con su novia a una casa nueva, que por simple aburrimiento comienza
a trabajar de chofer respondiendo a los repetidos llamados que confunden su
número de teléfono con el de una remisería. Entre los muchos clientes que
empieza a atender de manera regular está Jalil, un viejo cascarrabias con cara
de pocos amigos con el que parece no congeniar del todo. De esa fricción entre
ambos surge uno de los dos perfiles clásicos que pueden percibirse en Camino a
La Paz: el de las buddie movies, esos films en los que una pareja de personajes
con características opuestas es forzada a ir tras un objetivo en común que
acabará por unirla.
Esa aventura es el viaje a La Paz
del título que Jalil le propone hacer a Sebastián, previo pago de una
importante suma en metálico. Sucede que Jalil, que es musulmán, está enfermo y
no puede viajar ni en micro ni en avión, pero necesita encontrarse con un
hermano, con el que emprenderá la peregrinación a La Meca que todo iniciado en
la fe de Alá debe realizar al menos una vez en la vida. Está claro que
Sebastián aceptará y que el inicio de la travesía estará plagado de
desencuentros, tal como lo indica el canon de las películas de parejas
desparejas. Tan claro como que la ruta forja al hombre, ley de oro de otra
clase de película que también es Camino a La Paz: una road movie. Regla que
este tipo de relatos vienen cumpliendo desde que a Homero se le ocurrió llevar
a Odiseo de regreso a Itaca.
Más allá de estos aciertos, el
éxito no podría ser completo sin los intérpretes adecuados. Tanto Rodrigo de la
Serna –ocupando el rol del desconfiado pero noble Sebastián–, como Ernesto
Suárez –en la piel del ceñudo y sabio Jalil– supieron dar con el color y el
tono justo para que sus personajes funcionen tanto de manera individual como en
tándem. Lo de De la Serna es un lugar común, porque se trata de uno de los
actores locales más versátiles y al que siempre es agradable ver en acción, en
cambio lo de Suárez es una sorpresa. De trayectoria más que vasta en la escena
teatral de la provincia de Mendoza, donde desde hace más de cincuenta años se
destaca como actor y director, este papel representa, sin embargo, su debut
cinematográfico a los 72 años de edad. Con una presencia y un arsenal de gestos
que recuerdan al gran Alberto Laiseca, su labor es impecable.
También es cierto que algunas
situaciones parecen demasiado calculadas para provocar determinadas reacciones
emotivas. O que a algunos personajes, como el de María Canale, se los podría
considerar cabos sueltos debido a su escaso desarrollo, algo que quizá nace de
la forzada deriva que impone el formato de las road movies. Sin embargo, a
pesar de esas u otras anotaciones marginales, Camino a La Paz consigue lo que
se propone: atarse al destino de Sebastián y Jalil sin abandonarlos nunca a su
suerte y hacer que el espectador se convierta en el tercer pasajero de esa
agradable travesía hacía el corazón de sus protagonistas.
quinta-feira, 3 de maio de 2018
Las letras que no soportaron el mundo
Carlos Batalla
El Perú que vivió [José
María] Arguedas fue uno mestizo, de variadas tradiciones culturales, creencias
y etnias; un país en formación y que buscaba consolidar su propia identidad.
Por eso él siempre se sintió como un puente, un vínculo entre dos mundos; el
andino y el occidental.
Vivió para escribir y
su esfuerzo por darnos un retrato integral del país le costó la vida, aunque
eso es algo que pocos están dispuestos a aceptar. Porque para entender las
circunstancias en que se produce un texto literario, que es un proceso
artístico, se debe tomar en cuenta variables humanas y emocionales, además del
factor lingüístico.
Desde los cuentos de
“Agua” (1935), pasando por “Yawar Fiesta” (1941), “Los ríos profundos” (1958),
“El Sexto” (1961), “Todas las sangres” (1964), hasta su novela autobiográfica
“El zorro de arriba y el zorro de abajo” (1971, póstuma), Arguedas grabó en
molde no solo sus avatares personales, sino que intentó traducir los tiempos
turbulentos que le tocó vivir.
Nació en 1911, entró
en la universidad en 1930, su primer libro data de 1935 y el último de 1971.
Fueron décadas de revoluciones y cambios muy intensos, trascendentales, donde
prácticamente Arguedas dibujó el paso de un país agrario y con rezagos del
siglo XIX a uno de producción masiva y urbanización galopante, moderno.
Por todo eso, esa
tarde del viernes 28 de noviembre de 1969, en un salón de la Universidad
Agraria La Molina, cuando el escritor apurimeño se desencajó un tiro en la sien
que lo hirió mortalmente, el Perú entero lloró su desgracia. Ya había intentado
otro suicidio en 1966, pero esa vez sí lo consiguió. Fueron cuatro días de
agonía, hasta que el martes 2 de diciembre, a los 58 años de edad, murió en el
piso 13 B del Hospital del Empleado, en Jesús María.
Dejó dos cartas: una
para su viuda, la chilena Sybilla Arredondo, y otra para sus alumnos de la U.
Agraria y su rector. ¿Cuándo las escribió? Todo reveló que lo había redactado
entre el 27 y el mismo día del intento de suicidio, el 28. La depresión le
venció la partida, luego de más de 20 años de enfrentarla y luchar contra ella.
“Me retiro ahora
porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir
trabajando, es decir, para justificar la vida”, dijo en la misiva
dirigida a los universitarios.
Los médicos nada
pudieron hacer con la bala que se había incrustado en su cavidad craneana. Dejó
de existir a las 7 y 15 de la mañana. Descansó en paz de muchos cargos
profesionales y académicos, de muchas angustias y necesidades artísticas y
humanas.
Al mediodía del mismo
2 de diciembre, sus restos fueron trasladados a la antigua biblioteca de la U.
Agraria, donde fueron velados, en medio de la tristeza general, pero también de
la alegría que impuso la música que tocaron en su honor. El violín y el arpa
fueron los protagonistas, hasta que a las 4 de la tarde se lo llevaron al
cementerio El Ángel.
No hay duda de que
las novelas y los cuentos, o los ensayos y estudios de José María Arguedas, de
gran lucidez y coherencia, lo dejan marcado entre nosotros como un clásico de
la literatura y de las ciencias sociales en el país. Así sea.
terça-feira, 1 de maio de 2018
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